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Posted by MARIA SANTIAGO on

Hace unos días, transitando por una calle en construcción me topé con una escena digna de contar.   Mientras un grupo de ciudadanos alzaba su voz de protesta para que liberaran al preso condenado a la pena capital, otro tanto hacía caso omiso a sus reclamos.  Se aprestaban a ejecutar su plan sin alteraciones, dar un sólo golpe, el más certero; ajenos a conceder una oportunidad al destino de aquel reo.
Aquellos hombres, sin asomo de sentimiento, se disponían fría y calculadoramente a derribar al centenario árbol plagado de recuerdos.  Historias de las que sólo él fue testigo y que llevaría consigo hasta su última morada.
Bajo la sombra de sus ramas se gestaron grandes obras, se escribieron libros, se recitaron poemas con las más dulces palabras de amor.  En su tronco llevaba grabado los nombres de aquellos que, a sus pies, se juraron amor eterno.  Fue testigo no de uno, sino de cientos de secretos; cómplice del silencio y las memorias gastadas por el tiempo.
Me detuve a contemplar aquella impactante escena y, como era de esperar, el reo fue ejecutado. En su caída al suelo pude leer algunos de esos mensajes que fueron derribados junto con él; algunos como: “I love Travolta”, “Carlos y Sarita”, “Lucerito was here”, “Paz para el mundo”; y tantos otros.  A más cerca de la copa del árbol se encontraban, más antiguas sus historias; pero de todos, el que más llamó mi atención leía: “El tiempo sana las heridas, pero no borra sus cicatrices”.
Nadie mejor que aquel árbol para testimoniar ese hecho, pues las heridas de cada palabra, aunque sanas, seguían tatuadas en él.  Posiblemente, fueron heridas producidas sin la menor idea del daño permanente que se ocasionaría sobre la corteza del centenario amigo; y aunque el dolor de su grabado había desaparecido, no así su sello perpetuo. 
En ocasiones, nuestras acciones o palabras menos apropiadas también producen heridas en el corazón de aquellos a quienes amamos profundamente.  Esas que luego de darnos cuenta del daño ocasionado, preferimos no haber actuado o abierto la boca por nada en el mundo.
Es importante estudiar el efecto que tendrán nuestras acciones, pues una vez erramos en hacer o decir algo fuera de lugar, no habrá modo de componer lo quebrado.  Las heridas que producimos con nuestros actos con gran probabilidad el tiempo las sane, pero sus cicatrices permanecerán como muestra del dolor producido y como testigo de un momento doloroso en la vida. 
Pensemos antes de actuar, aspirando siempre a grabar sólo memorias bonitas, caladas con el cincel del amor.

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